
Porque es nuestro, caramba, de todos, de los presentes y de los futuros, de los que somos y de los que serán. Y la cosa admite la comparación de los físico, de lo urbano, en este mi pueblo que pide portazo definitivo a los hormigones desmedidos, las alturas sin sentido y las más variadas agresiones a la estética popular. Porque siempre, siempre sonaron voces, y sonaran allí donde las voces suenan, frente al Ayuntamiento, entre motivaciones políticas, ideológicas o laborales, presiones de grupo, de sindicatos o de voluntarios, voces censoras al hilo de derribos, expolios o ataques a la mínima razonabilidad arquitectónica.
Y así, entre bromas y veras, el horizonte, nuestro horizonte vital nos ha ido variando entre otoño y otoño, muchas veces, casi sin darnos cuenta.
Y ahora, pongamos por caso, que hablamos de nuestro horizonte vital, de ese que habla de nuestro proyecto de vida, de la edificación de nuestros hijos, de ese coeficiente de edificabilidad que comprende la disponibilidad de nuestros ahorros, si los tenemos, y la previsibilidad de nuestras inversiones.
Así se construye nuestro hoy, ya casi seguro, nuevo impuesto sobre el patrimonio, concepción arquitectónica atrasada y pasada de moda, edificación impositiva ineficaz, inútil y desmoralizadora para muchos.
Mucho habrán oído ustedes de tipos impositivos confiscatorios, de duplicidad de impuestos, de economía sumergida, de capitales que huyen hacia horizontes más “tropicales”.
Aquí, en Sanlúcar, seguimos contando con nuestro IBI, impuesto sobre el patrimonio en la esfera local, igual que contamos con los horizontes de la calzada o de las piletas con Doñana al fondo, quizá, al final de año, o quizá no, también con el nuevo I. sobre el Patrimonio, por aquello de la no retroactividad de las figuras impositvas.
Contaremos con el irpf, con los tributos locales, los impuestos sobre transmisiones patrimoniales, el iva, los peajes de aquí y de allá, el impuestos sobre sucesiones, la gasolina, el impuesto sobre la plusvalía de los terrenos…. Vamos que está diáfano y claro el horizonte impositivo a la vera de la mar o de la estepa, horizonte arbolado y ajardinado, llano y riente, de mil y una plantas carnívoras.
Lo soñable, quizá sea ese político ejercicio discrecional de la modestia, esa rara virtud madre de otras muchas, esa capacidad de rectificación generalmente tan contraria a aquello tan frecuente y tan racial de “sostenella y no enmendalla”.
Soñemos con ese golpe de timón y cambio de rumbo, en ese “óigase a la ciudadanía”. Porque quien sabe escuchar, sabe gobernar, qué duda cabe. Es un axioma viejo, tan viejo como el mundo.



















